Laudato Si

2015 se acerca a su fin y aprovechamos para recordar uno de los hechos relacionados con el medio ambiente que más titulares ha dejado este año: la encíclica papal “Laudato si”. En esta reflexión, Javier Jardón analiza el contenido del texto.

Es evidente la importancia de la encíclica “Laudato Si” en la lucha contra el cambio climático. Ha sido escrita por un líder mundial respetado y escuchado en cualquier ámbito y en ella hace suyo el discurso ecologista, tanto en la descripción del problema y sus causas, como en la necesidad de una solución urgente. Y también porque siendo el líder espiritual de una religión que profesa la tercera parte del planeta, ha pedido que la concienciación medioambiental se incorpore a la educación en el seno de las familias cristianas, en la catequesis y en la formación de religiosos como parte integrante de la ética cristiana.

La encíclica no se centra en el cambio climático sino que abarca el problema de la degradación ambiental en un sentido más amplio, trata “sobre el cuidado de la casa común”. El Papa parte de una descripción de la situación actual de deterioro ambiental para profundizar en las cuestiones éticas que se derivan del problema, tanto en sus causas como de sus consecuencias Sería erróneo considerar que la Iglesia católica se acabe de incorporar al discurso de la protección del planeta. De hecho sorprende, cuando lo vemos referenciado en la Encíclica, el abundante discurso que ha venido desarrollando sobre este tema en los últimos cincuenta años.

El Papa afirma que el actual sistema mundial es insostenible desde diversos puntos de vista. Recoge y desarrolla en su Encíclica numerosas inquietudes –que lo son también del movimiento ecologista en cuanto al cambio climático– por ejemplo: “la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida”.

Francisco desarrolla con detalle a lo largo de su encíclica el desafío ambiental al que nos enfrentamos. Los cambios en la humanidad y en el planeta se vienen acelerando con la intensificación de los ritmos de vida. La velocidad de las acciones humanas contrasta con la lentitud de la evolución biológica. El cambio es algo deseable si sus objetivos se orientan al bien común, pero se vuelve preocupante cuando se convierte en deterioro de la calidad de vida de gran parte de la humanidad.

Si bien el Papa no confirma la existencia del cambio climático, señala que “hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático”. Y aunque “es verdad que hay otros factores que lo generan (como el vulcanismo, las variaciones de la órbita y del eje de la Tierra o el ciclo solar), numerosos estudios científicos señalan que la mayor parte del calentamiento global de las últimas décadas se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero (anhídrido carbónico, metano, óxidos de nitrógeno y otros) emitidos sobre todo a causa de la actividad humana”.

En la encíclica se profundiza en la relación entre la concienciación medioambiental y las creencias religiosas. Por una parte la ética del ser humano –y las creencias religiosas forman parte de ella– y su modo de entender la vida, han condicionado el uso que ha hecho de los recursos naturales y el tratamiento de los residuos que genera en su actividad. Por otro lado las convicciones religiosas ofrecen grandes motivaciones para el cuidado de la naturaleza y de los más frágiles.

El Papa profundiza en su Encíclica en el reconocimiento de los compromisos ecológicos que brotan de las convicciones cristianas: (1) el cuidado de los más frágiles, (2) el cuidado de la tierra como casa común, (3) el rechazo del antropocentrismo despótico de consumir sin límite o (4) el respeto a toda criatura viva. Para el pensamiento judío-cristiano “decir «creación» es más que decir naturaleza, porque tiene que ver con un proyecto del amor de Dios” y de acuerdo al Catecismo de la Iglesia Católica “todo ensañamiento con cualquier criatura «es contrario a la dignidad humana»”.

La humanidad se ha instalado en un paradigma tecnocrático, el presupuesto falso de que «existe una cantidad ilimitada de energía y de recursos utilizables, que su regeneración inmediata es posible y que los efectos negativos de las manipulaciones de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos». Este paradigma tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la política. La economía y la técnica no resolverán los problemas ambientales porque no garantizan el desarrollo humano y la inclusión social. Nadie pretende renunciar a las posibilidades que ofrece la técnica pero es preciso “recuperar los valores y los grandes fines arrasados por un desenfreno megalómano”.

La crisis ecológica es una manifestación de la crisis ética, cultural y espiritual del individualismo moderno. “Cuando el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, termina dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales y todo lo demás se vuelve relativo”. El Papa desarrolla las consecuencias de ese antropocentrismo desviado, destacando la necesidad del acceso al trabajo por parte de todos y de una supervisión ética de la técnica que evite prácticas ilegítimas.

El Papa hace una llamada al diálogo sobre el modo en que estamos construyendo el planeta ya que se muestra “convencido de que todo cambio necesita motivaciones y un camino educativo”. La contemplación de la realidad nos muestra la necesidad de un cambio de rumbo. Es preciso delinear caminos de diálogo que nos ayuden a salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos sumergiendo: (1) diálogo sobre el medioambiente en la política internacional, (2) diálogo hacia nuevas políticas nacionales y locales, (3) diálogo y transparencia en los procesos decisionales, (4) política y economía en diálogo para la plenitud humana y (5) las religiones en el diálogo con las ciencias.

La humanidad necesita cambiar hacia una conciencia de origen común, pertenencia mutua y futuro compartido por todos. Este será el segundo gran desafío cultural, espiritual y educativo: (1) apostar por otro estilo de vida, (2) la educación para la alianza entre la humanidad y el ambiente o (3) la conversión a una espiritualidad ecológica que nace de las convicciones de la fe.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s