Déjà vu en Bonn

fotoUna expresión francesa usada habitualmente para describir cuando se vuelve a vivir algo que ya se ha vivido es lo que a medida que va avanzando la cumbre de Bonn se asemeja cada vez más al gran fracaso que supuso la cumbre de Copenhague.

Durante estas semanas se esperaba que las negociaciones de la cumbre de Bonn arrojaran un documento que fuera un preacuerdo para finalizar en la próxima cumbre del clima de París. En vez de acercarse, parece que el objetivo se aleja cada vez más. Si en anteriores encuentros hemos señalado que no se habían hecho los avances necesarios y que los negociadores no parecen estar a la altura del enorme reto que supone el cambio climático, en Bonn lo que comprobamos son numerosos pasos atrás.

No solo es el haber dilapidado cualquier signo de transparencia al bloquear el acceso de las organizaciones civiles a las reuniones, como sucediera el pasado martes, o el haber presentado un documento completamente mutilado que no recogía muchos de los pilares de la lucha del cambio climático. Es que ni tan siquiera recoge muchos de los planteamientos de las partes ni de la sociedad civil, y especialmente de los países del Sur global. Al final del proceso nos encontramos con un documento todavía más largo, más abierto y más desequilibrado, que mucho nos tememos que poca efectividad tendrá.

No nos podemos permitir no llegar a un acuerdo realmente ambicioso en la próxima cumbre del clima, ya que nos jugamos mucho más que unos porcentajes. Si ese acuerdo no llega se deberá iniciar un nuevo proceso que llegará tarde. Tampoco podemos permitir un acuerdo a cualquier precio que no sea lo suficientemente ambicioso para frenar el colapso ambiental al que nos dirigimos. Debemos hacer un llamamiento a los países a que cumplan sus compromisos, en especial los referidos a la mitigación y a la movilización de mecanismos que aseguren la provisión de fondos de adaptación para los países del Sur global.

Parece que no es útil ni el proceso de definir qué acuerdos serían necesarios y repartir la carga de las reducciones en función del grado de desarrollo de los países, ni que sean los países los que establezcan sus propios compromisos. La legitimidad de las negociaciones deberá venir dada por los acuerdos y no por las declaraciones de intenciones, donde en muchas ocasiones el silencio es cómplice de quien quiere bloquear cualquier acuerdo en la defensa de oscuros intereses económicos, como ha sucedido con la Unión Europea, que, muy lejos de actuar como el líder que pretende ser, ha permitido la imposición de medidas que van en contra del espíritu de los acuerdos previos.

La pregunta a responder es hacia dónde quieren dirigirnos los negociadores de la cumbre del clima ¿A seguir aumentando el cambio climático o a apostar por una solución a través de un cambio de modelo?

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